Desde los primeros titulares, la narrativa dominante ha sido clara y ruidosa: secuestro. Sin embargo, cuando se observa con frialdad sindical y lógica material lo ocurrido con Nicolás Maduro y su traslado a Estados Unidos, la versión del rapto se resquebraja. Quince helicópteros entrando en un recinto residencial sin respuesta efectiva no describen una operación forzada en territorio soberano. Describen otra cosa. Describen una entrega. Cualquier soldado del ejército venezolano con un RPG, un francotirador o un fusil de asalto habría podido impedir una extracción no consentida. No ocurrió. Y cuando no ocurre lo imposible, hay que plantearse lo probable. En política internacional, lo probable suele ser el pacto. Lo que se presenta como una acción violenta es, demasiadas veces, una transacción silenciosa. Este patrón no es nuevo. Ya lo vimos con Bashar al-Assad, cuando de la noche a la mañana desapareció del tablero sirio y acabó bajo el paraguas de Rusia. Aquello se explicó como huida. Hoy sabemos que fue una reubicación negociada. Un intercambio de piezas en un tablero que no consulta a los pueblos. Lo inquietante es la sensación de mercadeo entre grandes potencias. Rusia y Estados Unidos intercambiando estampitas geopolíticas mientras China observa, calcula y espera. En ese contexto, no resulta descabellado plantear escenarios que hace meses parecerían exagerados. Por ejemplo, que Rusia avance en el conflicto y deje a Ucrania sin salida al mar, consolidando su control sobre Odesa. Y aquí conviene recordar la historia. Odesa fue fundada en el siglo XVIII bajo el Imperio ruso, impulsada por Catalina la Grande. Rusia puede construir un relato histórico para justificar reclamaciones. Otra cosa es que ese relato sea legítimo para la clase trabajadora, que siempre paga las guerras que otros negocian en despachos cerrados. Mientras todo esto ocurre, Unión Europea no decide, no media y no condiciona. Europa observa. Europa comenta. Europa llega tarde. En términos sindicales, Europa no pinta ni corta en los grandes asuntos internacionales. Y eso tiene consecuencias directas en el mundo del trabajo. Porque el poder hoy no solo se mide en misiles o territorios. Se mide en algoritmos. La inteligencia artificial avanza a una velocidad desbocada, reconfigurando empleo, producción y derechos laborales. Y Europa vuelve a ir detrás. No existe una IA europea que compita de verdad. Mistral AI es un proyecto interesante, sí, pero marginal en el uso real y en la influencia global. Desde el sindicalismo de la singularidad tecnológica, la preocupación no es la tecnología en sí. No estamos contra la inteligencia artificial. Al contrario. Sabemos que puede liberar tiempo, mejorar condiciones y aumentar productividad. El problema es quién decide el ritmo, el modelo y el reparto de beneficios. Hoy deciden otros. Y Europa actúa como colonia digital, consumiendo tecnología extranjera mientras destruye empleo sin construir alternativas propias. La clase trabajadora no ha votado esta aceleración. No ha participado en el diseño del futuro laboral. Simplemente lo está sufriendo. Igual que sufre guerras comerciales entre Estados Unidos y China, igual que sufre conflictos armados negociados por élites, igual que sufre la irrelevancia política europea. Quizás dentro de dos años veamos a Maduro salir de una prisión estadounidense con una fortuna intacta y una nueva vida discreta. Quizás Ucrania pierda definitivamente su acceso al mar. Quizás descubramos qué se negoció realmente entre Washington y Moscú. O quizás no lo sepamos nunca. Lo que sí sabemos es esto: mientras las potencias intercambian líderes y territorios, Europa pierde soberanía, la inteligencia artificial avanza sin control democrático y la clase obrera queda fuera de cualquier decisión estratégica. Y eso, desde una perspectiva sindical, no es una teoría conspirativa. Es una alerta roja.