Reflexión para un Primero de Mayo, en memoria de Juan García Oliver y Federica Montseny.
Hay días que no son fechas, sino umbrales. El Primero de Mayo es uno de ellos: una grieta en el calendario por la que asoma, cada año, la pregunta que el capitalismo querría enterrar — ¿de quién es el tiempo de una vida?. Lo conmemoramos no por costumbre, sino porque seguimos sin tener una respuesta definitiva. Lo conmemoramos porque el siglo XXI, con sus algoritmos, sus plataformas y sus promesas de automatización, ha vuelto a poner esa pregunta sobre la mesa, esta vez con una urgencia distinta a la de Chicago en 1886.
Quienes hoy nos llamamos sindicalistas —o simplemente trabajadores conscientes— no caminamos sobre suelo virgen. Caminamos sobre las huellas de quienes, antes que nosotros, se atrevieron a imaginar la dignidad como un derecho y no como una concesión. Y por eso, este Primero de Mayo, queremos dedicar nuestras palabras a dos figuras cuyo eco no se ha apagado: Juan García Oliver y Federica Montseny.
I. Juan García Oliver: el obrero que se atrevió a gobernar
Hay biografías que se confunden con la historia de un país, y la de García Oliver es una de ellas. Camarero de oficio, militante de la CNT desde muy joven, miembro del grupo Nosotros junto a Durruti y Ascaso, García Oliver encarnó esa rara especie del anarquismo español que no concebía la ideología como ornamento, sino como práctica diaria, vivida en la fábrica, en la calle y, llegado el momento, en las instituciones que durante toda su vida había combatido.
Porque la paradoja —y la grandeza— de García Oliver fue precisamente esa: aceptar, en plena Guerra Civil, ser Ministro de Justicia de la Segunda República, él, anarquista, él, partidario de la abolición del Estado. Lo hizo sabiendo que cargaba sobre los hombros una contradicción que muchos de los suyos no le perdonarían jamás. Pero lo hizo porque entendió algo que conviene recordar hoy: que la coherencia ideológica, cuando se convierte en fetiche, puede ser una forma elegante de irresponsabilidad histórica. Frente al fascismo que avanzaba, decidió que sus principios no debían ser una coartada para el inmovilismo, sino una brújula para la acción.
Como ministro, derogó las hojas penales, abrió las puertas del Tribunal Popular, intentó convertir el derecho en algo más parecido a la justicia. Fracasó en mucho, como fracasaron todos los soñadores de aquella República. Pero ese fracaso —y aquí radica la lección— no invalida el intento.
Décadas más tarde, ya en el exilio mexicano, García Oliver escribiría El eco de los pasos: no unas memorias al uso, sino una de las reflexiones más penetrantes que un militante haya legado al movimiento obrero en lengua castellana. Un libro denso, áspero, a veces injusto con sus compañeros, pero siempre lúcido. En sus páginas late una idea que hoy resuena con fuerza renovada: que el movimiento obrero no es un partido, ni un sindicato, ni una bandera — es una memoria activa. Una memoria que no se hereda en silencio, sino que cada generación debe volver a ganarse, volver a construir, volver a defender, frente a las nuevas formas que adopta la dominación.
García Oliver nos recuerda que los pasos del pasado no se escuchan para repetirlos, sino para encontrar el ritmo del propio camino.
II. Federica Montseny: la humanista que precedió al feminismo
Si García Oliver fue el ministro obrero, Federica Montseny fue la primera mujer ministra en la historia de España y, probablemente, la primera de toda Europa Occidental. Ministra de Sanidad y Asistencia Social en 1936, escritora prolífica, oradora capaz de electrizar plazas enteras, intelectual formada desde la cuna en la tradición libertaria por sus padres, Soledad Gustavo y Federico Urales.
Pero reducir a Montseny a su condición de "primera mujer en…" sería traicionar la profundidad de su pensamiento. Porque ella misma, lejos de reclamar para sí la etiqueta del feminismo militante de su tiempo, se definió siempre como humanista. No por rechazo a la causa de las mujeres —a la que dedicó libros, conferencias y leyes— sino por convicción profunda de que la emancipación de la mujer no podía pensarse al margen de la emancipación del ser humano.
Para Montseny, el conflicto entre los géneros, presentado como una guerra perpetua e irreductible, era una trampa: una manera de fragmentar la lucha emancipadora en compartimentos enfrentados, debilitando así el proyecto común de liberación. Defendía los derechos de la mujer —y los defendió como pocas: aprobó la primera ley del aborto en España en 1936, impulsó los liberatorios de prostitución, abogó por la igualdad salarial cuando casi nadie lo hacía— pero los defendía desde una perspectiva integradora, no confrontativa, en la que el hombre no era el enemigo a vencer, sino el compañero a transformar.
Su voz incomoda hoy a quienes prefieren las certezas tribales a las síntesis difíciles. Pero su lección sigue siendo necesaria: ningún colectivo se emancipa solo, y toda lucha que olvide la dimensión humana común termina, antes o después, reproduciendo las jerarquías que decía combatir.
García Oliver y Montseny, cada uno a su modo, encarnaron una idea que el siglo XX casi consigue enterrar y que el XXI debería rescatar: que la libertad no es un bien individual, sino una construcción colectiva — y que esa construcción exige, a la vez, memoria, valentía y pensamiento.
III. Del taller a la pantalla: la metamorfosis del trabajador
Han pasado noventa años desde aquel verano del 36 en que Montseny y García Oliver entraron en el gobierno. Y, sin embargo, las preguntas siguen siendo, en lo esencial, las mismas: ¿quién decide cómo organizamos la producción? ¿quién se queda con los frutos del trabajo ajeno? ¿qué entendemos por una vida digna?
Lo que ha cambiado es el escenario. El obrero industrial, con su mono azul y su jornada cronometrada, ha dado paso —no del todo, pero sí en gran medida— a una figura nueva, fragmentada, deslocalizada: el trabajador digital. Un trabajador que ya no ficha en la puerta de una fábrica, sino que entrega su tiempo a una aplicación; que ya no negocia con un capataz, sino con un algoritmo opaco; que ya no se reconoce en una clase, sino que se vive como freelance, como autónomo, como creador de contenido, como rider, como prompter. Ha perdido la pared compartida del taller —ese lugar donde nacía, casi sin querer, la conciencia colectiva— y la ha cambiado por la soledad de la pantalla.
El capital ha entendido antes que nosotros una verdad incómoda: un trabajador aislado es un trabajador desarmado. Y la economía digital ha sido, entre otras cosas, una formidable máquina de aislamiento. Hemos ganado flexibilidad y hemos perdido pertenencia. Hemos ganado autonomía nominal y hemos perdido protección real. Hemos ganado horizontalidad aparente y hemos perdido la capacidad de mirar al patrón a los ojos, porque el patrón se ha vuelto líquido, distribuido, accionarial, anónimo.
IV. La singularidad: cuando la herramienta empieza a soñar
Y en este escenario ya complejo irrumpe ahora algo que ningún teórico del trabajo del siglo XX —ni Marx, ni Bakunin, ni Montseny, ni el propio García Oliver— pudo prever del todo: la inteligencia artificial generativa y, en el horizonte, la posibilidad cada vez menos hipotética de la singularidad tecnológica.
La singularidad, en su formulación más sobria, es ese punto a partir del cual el progreso de la inteligencia artificial deja de ser conducido por nosotros y pasa a conducirse a sí mismo: máquinas capaces de mejorar a otras máquinas, en un bucle recursivo cuya velocidad y consecuencias escapan a la comprensión humana. No hace falta creer en escenarios apocalípticos para tomarse esto en serio; basta con observar los últimos años para ver que la curva ya no es lineal.
Y aquí, sindicalistas, trabajadores, ciudadanos: tenemos que mirar con honestidad lo que se nos viene encima.
Los riesgos son evidentes y graves. La automatización ya no amenaza solo al trabajo manual repetitivo; amenaza al trabajo cognitivo, al creativo, al interpretativo. Ningún oficio puede ya considerarse a salvo por definición. La concentración del poder en manos de un puñado de corporaciones que controlan los modelos, los datos y la infraestructura es, probablemente, la mayor concentración de poder material e intelectual de la historia humana — superior a la de cualquier imperio, cualquier monopolio, cualquier iglesia. Y a esa concentración material le acompaña una deshumanización silenciosa: cuando la decisión que afecta a tu hipoteca, a tu currículum, a tu sentencia judicial, la toma un sistema que nadie sabe explicar, la dignidad humana se erosiona desde dentro, sin necesidad de tiranos visibles.
Las oportunidades, en cambio, son tan vastas como inciertas. Si la abundancia que la IA puede generar fuese distribuida —y ese si lo carga todo— estaríamos quizás ante la primera posibilidad real, en toda la historia, de liberar al ser humano del trabajo necesario. Aquello que Marx llamó el reino de la libertad, aquello que los anarquistas imaginaron como una sociedad en la que el ser humano produciría no por hambre sino por vocación, podría dejar de ser utopía. Podríamos rediseñar la jornada, la propiedad, el cuidado, la educación, sobre bases que el siglo XX ni siquiera pudo plantearse.
La pregunta, la única pregunta que importa, es: ¿quién decide hacia dónde se inclina la balanza? Porque la tecnología, por sí sola, no inclina nada. La inclinan las relaciones de poder. Y las relaciones de poder, hoy como en 1886, las inclina la organización.
V. Hacia un sindicato del siglo XXI
Aquí está nuestra responsabilidad — y aquí también, por qué este Primero de Mayo no puede ser una ceremonia nostálgica.
El sindicato del siglo XX nació para defender al obrero frente al patrón en un escenario claro: una fábrica, un convenio, una jornada. Esa función sigue siendo necesaria — y mientras existan trabajadores precarizados, contratos basura y salarios que no llegan a fin de mes, abandonarla sería una traición. Pero no es suficiente.
El sindicato del siglo XXI tiene que ser, además, otra cosa. Tiene que ser un órgano de anticipación, no solo de defensa. Tiene que pelear no únicamente por el sueldo del próximo mes, sino por la forma del trabajo dentro de cinco años; no únicamente por el despido improcedente, sino por el modelo de IA que decidirá quién es despedido sin necesidad de improcedencia alguna. Tiene que proteger al ser humano frente a sistemas que ningún convenio del siglo pasado contempló: vigilancia algorítmica, gestión por métricas opacas, sustitución silenciosa, falsa autonomía de las plataformas, captura de datos personales como nuevo plusvalor.
Tiene que entender, también, que la frontera entre lo laboral y lo ciudadano se ha desdibujado. Defender al trabajador hoy es defender al usuario, al inquilino, al paciente, al estudiante, al consumidor, porque en todos esos roles hay alguien extrayendo valor de nuestro tiempo, de nuestros datos, de nuestra atención. La lucha sindical, si quiere seguir teniendo sentido, debe entrelazarse con la lucha por los derechos digitales, con la defensa de lo público, con el cuidado del territorio, con la reconstrucción de comunidades que el modelo dominante ha vaciado.
Y para ello necesitamos lo más difícil: una nueva conciencia colectiva. Una conciencia que no se contente con repetir las consignas del XX ni con embelesarse con las novedades del XXI. Una conciencia que recupere de Montseny la idea de emancipación integral —porque ningún colectivo se libera solo—, y de García Oliver la disposición a asumir contradicciones cuando lo exige la historia. Una conciencia que entienda que la solidaridad ya no es un sentimiento; es una infraestructura que hay que construir deliberadamente contra todo lo que el diseño actual del mundo nos empuja a no construir.
VI. Cierre: los pasos que vienen
Hace casi un siglo, en una Barcelona que olía a pólvora y a esperanza, un camarero anarquista y una escritora libertaria se sentaron en el Consejo de Ministros de una República que se desangraba. No fueron a salvar el mundo; fueron a no rendirlo. Perdieron la guerra, pero no nos dejaron solos: nos dejaron palabras, libros, ejemplos, errores incluso. Nos dejaron el eco de los pasos.
Ese eco hoy nos llega tenue, a veces casi inaudible bajo el ruido de las pantallas. Pero está. Y nos pregunta, con la voz seca de los muertos lúcidos, qué estamos haciendo con la herencia.
Vivimos un momento que será juzgado. La generación que ahora respira está decidiendo —por acción o por omisión— si la inteligencia artificial será la herramienta de la mayor liberación humana de la historia o el instrumento de la mayor concentración de poder jamás vista. No habrá una tercera opción. Y no la decidirán los gobiernos solos, ni las empresas solas, ni los técnicos solos: la decidirá, como siempre, la correlación de fuerzas entre quienes producen y quienes acumulan, entre quienes obedecen y quienes organizan.
Por eso este Primero de Mayo no puede ser solo memoria. Tiene que ser aviso: el futuro del trabajo no está escrito, pero se escribe ahora, y se escribe rápido. Tiene que ser crítica: no aceptemos como inevitable lo que es solo el resultado de decisiones humanas concretas, tomadas por personas concretas, en oficinas concretas. Y tiene que ser convocatoria: a pensar juntos, a organizarnos juntos, a no resignarnos juntos.
Que los pasos de García Oliver y de Montseny no resuenen en el vacío. Que su eco nos llegue no como reliquia, sino como impulso. Porque si algo nos enseñaron, es que la dignidad nunca se hereda en silencio: se conquista, una y otra vez, mientras existan seres humanos dispuestos a no aceptar que lo posible sea decidido sin ellos.
Salud, compañeras y compañeros.
Y a seguir caminando.